La libertad sexual que reclama una parte de la juventud de los países industrializados puede calificarse, ciertamente, de revolucionaria. Es una libertad que somete a revisión los fundamentos de nuestra sociedad, y exige un contexto político y social distinto del nuestro, del cual pueda surgir una nueva ética sexual. Lo que más impresiona, de entrada, en esta actitud de los jóvenes por fundamentar esta búsqueda en el vivir cotidiano. Hablando de los valores que se puedan adquirir en la pareja a los cuales el hombre y la mujer se sienten más adheridos en su vida conyugal dependen, en gran medida, de la percepción de los papeles o roles masculino y femenino.
En el pasado, la infidelidad del hombre no planteaba demasiados problemas; se la daba por supuesta como privilegio del más fuerte, del que posee el dinero y en consecuencia, todo el poder, y para la mujer hasta hoy, pierde su honra y pone en ridículo a su pareja provocando inquietud, y se tratará a través de los tiempos y en diversos contextos.
En el siglo XVII sería el comienzo de una edad de represión donde nombrar el sexo se torna más difícil y costoso y donde el pudor moderno obtendría que no se lo mencione merced al solo juego de prohibiciones que remiten las unas a las otras imponiendo silencio y censura ya que todo parece muy diferente siendo una verdadera explosión discursiva en torno y a propósito del sexo. Los discursos sobre el sexo son específicos y diferentes a la vez por su forma y objeto y esta fermentación discursiva se aceleró desde el siglo XVIII dando como esencial la multiplicación de discursos sobre el sexo teniendo como poder mismo la incitación y más aún obstinación por el poder dando detalle infinitamente acumulado, cierto es que la discreción es recomendada con más y más insistencia pero debido a que la lengua puede pulirse, la extensión de la confesión no deja de crecer. Michel Foucault decía: “no solo los actos consumados sino las caricias sensuales, todas las miradas impuras, todas las palaras obscenas…, todos los pensamientos consentidos”. Es lo que da apertura a la comunicación de los hechos y que no todos se plasma en pensamiento puro. O que “una vida secreta no debe presentar ninguna omisión; no hay nada de lo cual avergonzarse, jamás se conocerá demasiado la naturaleza humana”. Dejando en claro que si se pondría a analizar a cada individuo no se encontraría nada grave acerca de lo sucedido, y no por mucho que se esconda no tardara lo mismo en salir a la luz. Es por eso que el sexo no es otra cosa que se juzgue, es cosa que se administra, es decir, no hay prohibición, sino la necesidad de reglamentar el sexo mediante discursos útiles y públicos. En primer lugar la medicina, por mediación de las enfermedades de los nervios, luego la psiquiatría, cuando se puso a buscar en el exceso, luego en el onanismo (masturbación), luego a la insatisfacción, luego en los fraudes a la procreación la etiología de las enfermedades mentales, y anexando la irregularidad sexual a la enfermedad mental definiéndolo como norma de desarrollo de la sexualidad desde la infancia hasta la vejez caracterizando con cuidado todos los posibles desvíos. No sin lentitud y equivoco, leyes naturales de la matrimonialidad y reglas inmanentes de la sexualidad comienzan a inscribirse en dos registros diferentes, dibujando un mundo de perversión, que no es simplemente una variedad del mundo de la infracción legal o moral, aunque tenga una posición de secante en relación con este. Es por eso que (Westphal, 1870), “La mecánica del poder que persigue a toda esa disparidad no pretende suprimirla sino dándole una realidad analítica, visible y permanente: la hunde en los cuerpos, la desliza bajo las conductas, la convierte en principio de clasificación y de inteligibilidad, la constituye en razón de ser y orden natural del desorden”. Dando solo como orden continuar produciendo allí donde ya no hay más orden, y a todo esto, ¿por qué, pues, el sexo es tan secreto? ¿Qué fuerza es esa que tanto tiempo lo redujo al silencio y que apenas acaba de aflojarse, permitiéndonos quizá interrogarlo, pero siempre a partir y a través de su represión? No importando el destape del sexo, seguirá viéndose a través de una cortina para evitar la falta de moralidad, y quedando como fantasma. Freud intentó pensar sobre la sexualidad a partir de esta producción fantasmagórica que encontramos en los niños o, incluso, también, intento abordar el saber de la sexualidad en psicoanálisis a partir de los grandes mitos de la religión occidental, pero creo que los psicoanalistas nunca se han tomado enserio el problema de la producción de las teorías sobre la sexualidad en la sociedad occidental, y al final no es ese el problema de la sexualidad sino del saber sobre la sexualidad a partir no del desconocimiento por parte del sujeto de su propio deseo, sino de la súper producción del saber social y cultural, del saber colectivo sobre la sexualidad. Michel Foucoult decía: “En Occidente no tenemos un arte erótico. Dicho de otra forma, no se aprende a hacer el amor, ni a darse placer, ni a producir placer en los demás; no aprendemos a maximizar, a intensificar más nuestro propio placer a través del placer de los otros”. Dicho de otra manera nos conformamos con lo que el cuerpo nos entrega, con lo que el instante esta dando sin hacer algo al respecto por explotar ese placer, ya ni en cuestiones religiosas aunque a decir verdad, cuando se quiere caracterizar a la moral cristiana en relación con la sexualidad y cuando se la opone a la moral pagana, a la moral griega y romana, recurrimos a los siguientes rasgos: en primer lugar, el cristianismo seria quien impuso a las sociedades antiguas la regla de la monogamia; en segundo lugar, el cristianismo habría designado como función, no solo privilegiada o principal, sino como función exclusiva, como única función de la sexualidad, la reproducción, hacer el amor solo para tener hijos. Finalmente, en tercer lugar hubiera podido comenzar por aquí una descalificación general del placer sexual. El placer sexual es un mal, un mal que es necesario evitar y al cual hay que concederle la menor importancia posible, por lo tanto, no practicar las relaciones sexuales y no encontrar placer más que en el seno del matrimonio, del matrimonio legitimo y monogámico. Y a esto nos vamos a otro punto, la poligamia. La poligamia, el placer fuera del matrimonio, la valoración del placer, la indiferencia en relación con lo hijos, ya habían desaparecido, en lo esencial, del mundo romano antes del cristianismo y solo quedaba una pequeña elite, una pequeña capa, casta social de privilegiados, de gente rica, ricos y, por tanto, disolutos, que no practicaban estos principios, pero en lo fundamental, ya habían sido asimilados, y al hacer esto se decía que la monogamia era la fidelidad y la procreación figurando como las principales o quizá las únicas justificaciones del acto sexual, un acto que, en sus condiciones, permanece intrínsecamente impuro, así el cristianismo propuso un nuevo modo de aprehensión de si como ser sexual. San Agustín decía: “El deseo no se contenta con adueñarse del cuerpo por completo, exterior e interiormente, sacude al hombre entero, uniendo y mezclando las pasiones del alma y los apetitos carnales para ocasionar esta voluptuosidad, la mayor de todas entre las del cuerpo; de manera que, en el momento en que llega a su culmen, toda la agudeza y lo que se podría denominar la vigilancia del pensamiento están casi anonadadas”.
En tema del orgasmo en relación con la pareja, si no se consigue es punto para buscar la infidelidad, perderse en la poligamia, o simplemente buscar esa formula del orgasmo en algún otro lado que no se con la pareja misma. Entender la formula del orgasmo y aplicar sus principios al área de los sentimientos provee una llave para ayudar a la gente a liberar emociones bloqueadas, restablecer el flujo de energía en todo el cuerpo y recuperar la salud emocional, ¿se tratara esto de la felicidad sexual?, o únicamente es factor para entregarse a los sentimientos y dejarse llevar. Aneesha L. Dillon decía que: “Hacer el amor a diario no era cuestión de un casanova, mas bien de una monogamia serial”, de esta manera se podría seguir disfrutando de una serie de intensas relaciones amorosas, una después de la otra, que eran más o menos monógamas, quería decir que la poligamia no existía y que la infidelidad quedaba en un segundo plano, para nada importante, lo importante era el deseo sexual. Reich aseguraba que no era suficiente para un hombre o una mujer hacer el amor frecuentemente o tener muchas parejas y encontró que era la calidad y no la cantidad lo que hacia la diferencia, era la capacidad de la persona de disfrutar un orgasmo sexual completo y lo llamo, “potencia orgiástica”, que era lo que determinaba su habilidad para superar un comportamiento neurótico, ¿será que si la neurosis aparece también con ello una infidelidad?, pero si es cierto que una persona disfuncional se convierte en neurótica porque nunca llega a la cuarta etapa, que nunca tiene la oportunidad de relajarse, de manera que toda esa energía se queda en el cuerpo, manifestándose como tensión, intranquilidad, malestar y tiende a enloquecer al individuo, es por eso que disfuncionalmente en el sexo, se busca ese placer y esa tranquilidad en otra persona fuera de la pareja, esto se logra porque la penetración del pene en la vagina reúne la energía de manera mas concentrada en el área de nuestros órganos sexuales y lleva la carga a un nivel mas alto.
Esto será condición que la cultura y la cuestión de identidades provoque los líos de genero ya sea femenino o masculino y que se relacionan con la conducta entre hombres y mujeres, ya que tradicionalmente las sociedades atribuyen a la masculinidad una serie de rasgos que se hace patente la superioridad del hombre sobre la mujer, a la mujer le queda el garantizar la reproducción del espacio privado y al hombre la apropiación del publico, (Rousseau, 1989, p. 284).
La justificación se empieza a tener en torno a la infidelidad o a la poligamia, debido a tal liberación de la sexualidad dando salida a una necesidad periódica provocada por la intolerable frustración dando como resultado a una felicidad humana dependiente de la realización de deseos infantiles, el más fuerte de esos deseos, el deseo de Edipo. Freud decía: “Ellos no han abandonado sus aspiraciones sexuales directas, pero son mantenidos atrás por resistencias internas que les impiden alcanzarlas; así ellos descansan tranquilos con ciertas aproximaciones a la satisfacción”. Dando un resultado y un mantenido acento en la realización erótica desde al amor corporal de unos por los otros, hasta el amor por el trabajo. Sin embargo, la misma enajenación progresiva aumenta la potencialidad de la libertad, mientras más ajeno al individuo llega a ser el trabajo, menos lo envuelve en el campo de la necesidad. Esto es como lo que dice (Hans W. Loewald, 1951). “El impulso de restablecer la perdida unidad narcisista-maternal es interpretado como una amenaza de un “engolfamiento maternal” por el todo poderoso útero. El padre hostil es exonerado y reaparece como el salvador que, al castigar el deseo incestuoso, protege al ego de su aniquilación en la madre”
Esta indiferencia no es, desde luego, propia a este grupo, pues sabemos que los ritos que producen el acto sexual o la hierogamia (matrimonio sagrado), tienen como finalidad provocar la magia imitativa, una abundancia en la cosecha o en la fecundidad de los animales dejando como la paga un pecado y su penitencia. Para el adulterio lo que se persigue es el deseo de cierta estabilidad social y el de asegurar la paternidad y con ello la exactitud en la transmisión patrilineal, sin dejar a un lado a los ancianos, los que aseguran estar a salvo de todo castigo, “El anciano no es censurado si tiene aún deseos eróticos aunque es visto socialmente como impotente y estéril. A la inversa, la anciana se considera insaciable desde el punto de vista sexual y ciertos textos no titubean en desarrollar el tema de esta vieja loca de miel”. (Levi-Strauss, 1966).
La sexualidad incontrolable es como una embriaguez y el alcohol no puede, en consecuencia, ser utilizado sino entre los sujetos de sexualidad extinta. Podemos decir que “El erotismo es la aprobación de la vida hasta la muerte”. (Sylviane Agacinski). Por desgracia el secreto es demasiado firme, decía el Márquez de Sade, “no hay libertino que este un poco afianzado en el vicio y que no sepa hasta que punto el acto de quitar la vida a otro actúa sobre los sentidos”. Dejando un paso a la desnudez que se opone al estado cerrado, es decir, al estado de la existencia discontinua, así los cuerpos se abren a la continuidad por esos conductos secretos que nos dan un sentimiento de obscenidad. La obscenidad significa la perturbación que altera el estado de los cuerpos que se supone conforme con la posesión de si mismos, con la posesión de la individualidad, firme y duradera.
El erotismo de los cuerpos tiene de todas maneras algo pesado, algo siniestro, el de los corazones es más libre. Una felicidad tranquila, en la que triunfa un sentimiento de seguridad, no tiene otro sentido que el apaciguamiento que el largo sufrimiento que la precedió. Pues hay, para los amantes, más posibilidades de poder encontrarse durante largo tiempo que de gozar en una contemplación exaltada de la continuidad intima que los une. (Sylviane Agacinski). Si la unión de los dos amantes es un efecto de la pasión, entonces pide muerte, pide para si el deseo de matar o de suicidarse. La prohibición esta ahí para ser violada, debe tornar inteligible el hecho de que la prohibición de dar la muerte a los semejantes, aun siendo universal, sin oponerse en ninguna parte de la guerra.
“La paradoja de la prohibición generalizada, quizá no de la sexualidad, pero si de la libertad sexual” (Sylviane Agacinski). La prohibición nos aparece directamente, mediante el descubrimiento furtivo parcial para empezar del territorio vedado, mientras que el acto sexual tiene siempre un valor de fechoría, tanto en el matrimonio como fuera de él. Lo tiene sobre todo si se trata de una virgen; y siempre lo tiene un poco la primera vez.
La orgia no es la situación extrema a la que llego el erotismo en el marco del mundo pagano. La orgia es el aspecto sagrado del erotismo, allí donde la continuidad de los seres, más allá de la soledad, alcanza su expresión más evidente. Porque ellas no son más deseables que ellos, pero ellas se proponen el deseo. La mujer desnuda esta cerca del momento de la fusión; ella lo anuncia con su desnudez. “Esa es la desnudez de un ser definido, aunque anuncie al instante en que su orgullo caerá en el vertedero indistinto de la convulsión erótica”. (Sylviane Agacinski). Es un hecho de prostitución, pero tardía, donde la primacía del interés económico dejo en la sombra este aspecto.
En realidad no es el pago lo que fundamenta la degradación de la prostituta. El pago bien podría entrar en el ciclo de los intercambios ceremoniales que no implicaban un comercio. Pero la vida esta desbordada por el deseo lo cual hace dulce quedarse en el deseo de exceder, sin llegar hasta el extremo, sin dar el paso, dulce es quedarse largamente ante el objeto de ese deseo, manteniéndose en vida en el deseo, en lugar de morir yendo hasta el extremo, cediendo al exceso de violencia del deseo. Llegando a la belleza de la mujer deseable que anuncia sus vergüenzas; justamente, sus partes pilosas, sus partes animales. La belleza negadora de la animalidad, que despierta el deseo, lleva, en la exasperación del deseo, a la exaltación de las partes animales. Menciona Leonardo Da Vinci, “El acto de apareamiento y los miembros de los que se sirve son de una fealdad tal, que si no hubiese la belleza de las caras, los adornos de los participantes y el arrebato desenfrenado, la naturaleza perdería la especie humana”. Esto es lo que el Márquez de Sade comentaba acerca del hombre solitario del que es portavoz que no tiene en cuenta de ningún modo a sus semejantes: es en su soledad un ser soberano, que nunca se explica que no rinde cuentas a nadie. Con esto en plano, se diría que la infidelidad es un acto naturalmente real y que sobre todo esta justificado a pesar de no ser permisible, ya que el deseo que desde la infancia se hace manifestable en la edad adulta, donde culturalmente el matrimonio y la monogamia solo estaban para acto de la procreación, mientras que la poligamia, solo era acto de violencia no solo para la otra parte de la pareja sino hasta para uno mismo, que no importa cuanta belleza este de por medio, el desenfreno hacia la mujer es natural y sobre todo permisible, sin llegar al exceso, es por eso que hasta religiosamente para la mujer el acto de infidelidad o traición sea materia de justificación solo para ellas, no para los hombres, porque Eva fue engañada por un ser superior, una serpiente, el más astuto de todos, mientras que Adán, fue engañado por un ser inferior, la mujer, quedando atrapados en el deseo, y por cometer el pecado sino por desobediencia, logrando que la infidelidad se convierta en una exogamia siendo el don de las mujeres y la necesidad de una regla para repartirlas entre los hombres, funcionando las mujeres en el matrimonio no como signo de valor social sino como estimulante natural.